Dialogar, debatir y discutir, son actividades inteligentes propias de gentes que quieren expresar sus puntos de vista, opiniones, conceptos o concepciones; hacerlo conduce a conocerse mutuamente y a encontrar coincidencias y establecer diferencias. Permite decidir acuerdos y acciones conjuntas y, sobre todo, deja el camino abierto para continuar.

Pero cuando no quiero oír ni aceptar lo que otro dice, hace o piensa, opto por evitarlo o, si tengo el poder de callarlo ¡lo callo! Y para acallarlo, puedo usar una o mas de tres alternativas: la primera sería la persuasión mediante el llamado condescendiente a mantenerse en una línea de conducta, a ser obediente (eso cuando quien persigue acallar tiene algo de pudor y decencia); la otra vía es la disuasión, ignorando la existencia del contradictor o reconociéndosela mediante amenazas, presiones indebidas, acciones intimidantes o terroristas; finalmente, la eliminación física o la expulsión y el destierro es la tercera alternativa que, por estas tierras, muchas veces es la única.

Es lo que en Colombia deben soportar quienes cuestionan con fuerza al establecimiento. Quienes con sus palabras y acciones expresan puntos de vista incómodos para el gobierno y los encopetados detentadores del poder, hipócritas grupos sociales de las altas esferas económicas y políticas disfrazados de demócratas que en nombre de la democracia masacran esa democracia. Entes carentes de iniciativas novedosas que le permitan al país iniciar con sus gentes una carrera de creatividad y desarrollo, de crear sus posibilidades de ser un mejor sitio para nacer, vivir y realizar los sueños de bienestar y de paz con la fuerza de sus manos y sus mentes.

Esos detentadores del poder, que se dicen clases dirigentes y se creen élites sin serlo, que heredan el poder de generación en generación, son los que permiten y prohíjan crímenes de lesa humanidad, asesinatos o judicialización de líderes sociales. Son los mismos que dilatan y obstruyen el curso de la justicia, los mismos que pagan congresistas, fiscales y jueces para salirse con la suya fabricando una imagen de legalidad. Los que utilizan las acciones que alguien haya hecho en pro de la paz para distorsionarlas y descontextualizarlas presentándolas como evidencias condenatorias, con despliegue publicitario truculento y engañoso en los medios masivos de desinformación. Esto último es lo que se ha usado contra Víctor De Currea Lugo, médico, periodista y defensor de Derechos Humanos.
Es que cuando la razón es corta y se acompaña de temor a que esa verdad sea expuesta, a los dueños del poder no les queda otro camino que el acallamiento. Pobre alternativa. Que por pobre no es inocua. Al contrario, resulta muy peligrosa.
Por: SERGIO ISAZA VILLA, M. D. – PEDIATRA
PRESIDENTE. FEDERACIÓN MÉDICA COLOMBIANA